2.2.1 Funcionalidad familiar
Hablar de funcionalidad familiar tiene que ver con la forma en cómo se comporta y se convive en un mismo espacio y fuera de él, un grupo de personas con características comunes, en el contexto dominicano, la familia ha estado experimentando diversas transformaciones ya que su estructura ya no es la convencional y cada día varia más y más. Así como se habla de evolución, se tiene que hablar de las distintas culturas que se han inculcado en ella, de manera que, todo esto ha hecho que ciertas costumbres y normas presenten cambios y se generen situaciones que pongan
Ramírez y Torres (2020) describen la funcionalidad familiar como un constructo que evalúa cómo los miembros de una familia interactúan para satisfacer necesidades emocionales, físicas, espirituales y sociales. Este concepto está estrechamente ligado a la capacidad del sistema familiar para resolver conflictos, mantener la cohesión, y desarrollar normas y límites que favorecen el bienestar colectivo y la prevención de conductas disfuncionales.
En ese sentido, la funcionalidad familiar incluye roles claros, apoyo afectivo y capacidad para gestionar crisis de manera conjunta. La estructura familiar se vincula a resultados positivos en salud, inserción social y emprendimiento comunitario, demostrando su relevancia como recurso protector y motor del desarrollo personal (Chiriboga et. al, 2019).
Bassante y Campodónico (2024) sostienen que el funcionamiento familiar se refleja en las formas en que se organizan y se relacionan los miembros del hogar, lo cual tiene un impacto directo en el desarrollo emocional y psicológico de los niños. Para los autores, el tipo de vínculo que se establece entre padres e hijos resulta esencial, ya que cuando existe un ambiente afectuoso, con rutinas claras y estabilidad, los más pequeños logran desarrollarse con mayor equilibrio emocional.
Por el contrario, cuando la comunicación dentro de la familia es deficiente, los adultos no asumen plenamente sus roles, o hay una falta de cohesión entre sus miembros, suelen aparecer en los niños comportamientos problemáticos y dificultades para manejar sus emociones. En este contexto, los autores hacen un llamado a diseñar estrategias de intervención que permitan fortalecer la convivencia familiar y fomentar relaciones más sanas, responsables y respetuosas dentro del hogar, especialmente durante las etapas más tempranas del crecimiento infantil.
2.2.2 Características de una familia funcional
Una familia funcional se sustenta en la cohesión, la flexibilidad y una comunicación saludable. Señalan que, cuando estos elementos se ven comprometidos ya sea por conflictos constantes, roles familiares poco definidos o una falta de apoyo emocional, es más probable que los miembros de la familia experimenten dificultades como ansiedad, tristeza persistente o síntomas asociados a la depresión. En este sentido, el funcionamiento familiar se convierte en un factor clave para el equilibrio emocional y el desarrollo psicológico de cada integrante del hogar. (Campos y Daga, 2024) Cuando alguno de estos aspectos falla, suelen aparecer dificultades como la mala comunicación, conflictos constantes, confusión en los roles dentro del hogar o una falta de apoyo emocional, lo que debilita las relaciones familiares y afecta el bienestar de todos sus integrantes.
Características de una familia funcional.
Cuando hay cohesión, flexibilidad en los roles y una comunicación sincera, se genera un ambiente de seguridad y confianza que promueve el bienestar psicológico de todos los miembros. Por el contrario, cuando estos aspectos fallan, la familia puede convertirse en un entorno de tensión, donde se gestan emociones como frustración, angustia o incluso estados depresivos.Además, en esta perspectiva es posible inferir que los problemas emocionales que presentan muchos niños, adolescentes e incluso adultos, no siempre se originan en lo individual, sino que muchas veces son el reflejo de un sistema familiar deteriorado. Es por ello que, fortalecer el funcionamiento familiar no solo es una medida de prevención, sino una estrategia importante para el desarrollo integral de las personas. Invertir en la calidad de las relaciones dentro del hogar es invertir en salud mental, resiliencia y estabilidad social.
2.2.3 Tipos de funcionalidad familiar
En general, se pueden identificar dos grandes tipos de funcionamiento familiar: funcional y disfuncional.
Familia funcional: una familia funcional se caracteriza por mantener una estructura estable, comunicación abierta y roles bien definidos, lo que permite a sus miembros desarrollarse de manera saludable. En un estudio realizado en adultos miembros de un grupo religioso católico, se encontró que el 41.9% de los participantes percibieron su familia como funcional, lo que se asoció con un mayor bienestar psicológico (Martínez et al., 2023). Esta funcionalidad se asocia con una mayor capacidad para afrontar crisis y mantener relaciones saludables. De acuerdo a los planteamientos de estos autores, el entorno familiar tiene un impacto profundo y directo en la estabilidad emocional de las personas. Cuando en el hogar se cultivan relaciones claras, roles definidos y un clima de respeto, los individuos no solo se sienten seguros, sino también valorados y comprendidos. Esto es una mayor fortaleza emocional para enfrentar los desafíos de la vida cotidiana.Sin embargo, cuando la estructura familiar es confusa o inestable, es más probable que se generen inseguridades, tensiones y dificultades para relacionarse con otros. Es importante, promover la funcionalidad familiar no es solo una cuestión interna del hogar, sino una apuesta por el bienestar individual y colectivo.
Familia disfuncional: es aquella que presenta patrones de interacción que dificultan el desarrollo emocional y social de sus miembros. En una investigación realizada con estudiantes de educación básica en Arequipa, Perú, se observó que el 36.1% de los estudiantes provenían de familias disfuncionales, lo que se relacionó con la manifestación de conductas disruptivas en el ámbito escolar (Prado, 2024). Las familias disfuncionales suelen carecer de reglas claras, apoyo emocional y comunicación efectiva, lo que afecta negativamente el comportamiento de los niños.Con base a lo anterior, se puede reflexionar acerca de cómo el ambiente familiar puede moldear profundamente la forma en que los niños se relacionan con el mundo. Cuando una familia no ofrece contención emocional, límites claros ni espacios de diálogo, los niños muchas veces buscan expresar sus frustraciones a través de comportamientos desafiantes, especialmente en el entorno escolar, donde pasan buena parte del día. La disfunción familiar no se queda dentro de las paredes del hogar: se traslada al aula, a las relaciones con los compañeros, y a la forma en que los estudiantes enfrentan la autoridad y las normas. Esto lleva a comprender que detrás de muchas conductas consideradas “problemáticas” en la escuela, suele haber historias de hogares marcados por el caos, la indiferencia o la falta de contención
Familia moderadamente funcional: según Ramos y García (2024), este tipo de familia cumple parcialmente con las características de una familia funcional, pero presenta algunas áreas de mejora. Estas familias pueden tener una comunicación adecuada y roles definidos, pero podrían mejorar en aspectos como la flexibilidad y el apoyo emocional.
La familia moderadamente funcional representa una realidad común en muchos hogares actuales: estructuras que, aunque no están en crisis, tampoco alcanzan un equilibrio emocional pleno. Según Ramos y García (2024), estas familias cumplen con elementos clave como la comunicación y la definición de roles, lo cual indica que existe una base sólida para el desarrollo saludable de sus miembros. Sin embargo, también presentan ciertas limitaciones, como dificultades para adaptarse a los cambios o una expresión emocional que no siempre es consistente ni empática. Desde esta perspectiva, se puede inferir que la familia moderadamente funcional se encuentra en un punto intermedio: no es una fuente de daño constante, pero tampoco es un refugio completamente seguro. Este tipo de familia podría beneficiar enormemente de intervenciones preventivas o espacios de diálogo que fortalezcan su flexibilidad, empatía y capacidad de contención emocional. Reconocer este estado no es señalar una falla, sino abrir la puerta a mejorar lo que ya funciona en parte, para lograr relaciones familiares más saludables, equilibradas y resiliente.
2.2.4 Modelos teóricos de la funcionalidad familiar.
A lo largo del tiempo, distintos modelos han intentado explicar las dinámicas familiares desde perspectivas psicológicas, sistémicas y sociales. Estas informaciones no solo ofrecen una manera de clasificar y entender el funcionamiento familiar, sino que también permiten identificar patrones, detectar necesidades y diseñar estrategias de acompañamiento o intervención. Estos modelos ayudan a reconocer que cada familia es un universo único, pero que existen ciertos pilares como la comunicación, el afecto, la organización y la asunción que son fundamentales para el bienestar de sus miembros. Dentro de los modelos teóricos de la funcionalidad familiar se destacan los siguientes:
Modelo Circumplejo de Olson. Estudios recientes validan que familias con niveles equilibrados en cohesión y adaptabilidad tienden a presentar mayor estabilidad y bienestar emocional (González et al., 2023). En contexto educativo, la funcionalidad familiar medida con este modelo se ha asociado con mejor desempeño y menor incidencia de conductas disruptivas en estudiantes.
Cuando una familia mantiene un equilibrio adecuado entre el vínculo afectivo que une a sus miembros y la capacidad de adaptarse a los cambios del entorno, ofrece un contexto emocionalmente estable que favorece el bienestar colectivo. Estudios recientes han evidenciado que este tipo de funcionalidad familiar no solo incide positivamente en la salud mental, sino que también se traduce en beneficios concretos en el ámbito educativo.
Se ha observado que los estudiantes que crecen en hogares funcionales suelen mostrar un mejor rendimiento académico y menor tendencia a manifestar conductas disruptivas. Estos hallazgos permiten inferir que las dinámicas familiares juegan un papel determinante en el desarrollo personal y social de los alumnos, y que el acompañamiento emocional desde el hogar es un pilar esencial para su equilibrio dentro y fuera del aula.
Modelo sistémico familiar. El modelo sistémico familiar propone que la familia funciona como un sistema dinámico e interdependiente, donde cada miembro influye y es influido por los demás. Desde esta perspectiva, la funcionalidad familiar se analiza en términos de patrones de interacción, roles, límites y retroalimentación dentro del sistema familiar. Su aplicación en psicoterapia familiar ha demostrado ser efectiva para mejorar la comunicación y resolver conflictos (Salazar y Fernández, 2023).
Desde el enfoque del modelo sistémico, la familia es entendida como una red viva de relaciones donde todo está conectado: lo que afecta a uno de sus miembros, inevitablemente repercute en los demás. Esta mirada invita a comprender que las dinámicas familiares no se pueden analizar de forma aislada, ya que cada comportamiento, cada gesto o silencio tiene un eco dentro del sistema. Cuando los roles no están claros, los límites se diluyen o la familia no logra adaptarse a los cambios, pueden surgir tensiones que debilitan su equilibrio interno.
Lo interesante de este modelo, como señalan investigaciones recientes, es su capacidad para revelar lo que muchas veces pasa desapercibido: patrones repetitivos de comunicación, formas de vincularse que generan malestar o mecanismos de defensa que terminan afectando la salud emocional de los integrantes. En contextos de crisis, esta perspectiva se vuelve especialmente valiosa, ya que permite intervenir de forma integral, entendiendo no solo el síntoma, sino también el entorno que lo sostiene. En la práctica terapéutica, su aplicación ha mostrado resultados positivos al facilitar espacios de diálogo, fomentar la comprensión mutua y restaurar la armonía familiar.
2.2.5 Factores que influyen en la funcionalidad familiar
La funcionalidad familiar se refiere a la capacidad de una familia para responder adecuadamente a las necesidades de sus miembros y mantener un equilibrio emocional, comunicativo y estructural. Diversos factores influyen en la funcionalidad familiar, desde aspectos internos como la comunicación y la cohesión, hasta factores externos como el contexto socioeconómico y el apoyo social. A continuación, se presenta los factores que influyen en la funcionalidad familiar:
Comunicación familiar: La comunicación es un pilar fundamental para la funcionalidad familiar. Según Gómez y Torres (2019), una comunicación abierta, clara y empática fomenta la resolución de conflictos y fortalece los vínculos familiares. La falta de comunicación o los patrones comunicativos disfuncionales, como la crítica constante o la indiferencia, generan tensiones y afectan la cohesión familiar.
Uno de los elementos esenciales para que una familia funcione de forma saludable es la comunicación efectiva. No se trata solo de hablar, sino de hacerlo con empatía, claridad y apertura emocional. Según García y Pérez (2018), este tipo de comunicación fortalece los lazos afectivos entre los miembros y crea un clima en el que cada persona se siente valorada, comprendida y escuchada. Desde esta perspectiva, se puede inferir que cuando las familias logran mantener canales de comunicación sanos y constantes, se facilita no solo la convivencia, sino también la toma de decisiones en conjunto y la resolución de conflictos. La escucha activa y el respeto mutuo se convierten en pilares fundamentales para la armonía familiar y el bienestar emocional colectivo.
Cohesión familiar: La cohesión se refiere al sentido de unidad y compromiso entre los miembros de la familia. Hernández y Pérez (2021) señalan que las familias con alta cohesión son más resilientes frente a las adversidades. Martínez (2022) añade que el apoyo emocional y la participación en actividades conjuntas fortalecen esta cohesión. Por el contrario, la falta de tiempo de calidad y la distancia emocional pueden debilitarla.
Roles y estructura familiar: La claridad en los roles y la estructura familiar son esenciales para la funcionalidad. López (2019) resaltan que cuando los roles están bien definidos y son aceptados por todos los miembros, se promueve un ambiente de estabilidad. La flexibilidad en los roles, especialmente en familias modernas con diversidad de estructuras, también es clave para adaptarse a los cambios.
Características individuales de cada miembro: La salud mental, el manejo emocional y la forma en que cada quien se vincula con los demás pueden fortalecer o desequilibrar el sistema familiar. Los niveles altos de ansiedad, estrés o dificultades emocionales en uno de los miembros pueden generar tensiones que afectan a todos.
A partir de esto se infiere que el bienestar emocional de cada persona dentro de la familia no es un asunto individual, sino colectivo. Cuando uno de los miembros atraviesa una crisis emocional sin contención o ayuda, todo el sistema se ve afectado. Por eso, cuidar la salud mental de cada integrante es también cuidar el equilibrio familiar.
Apoyo social y redes externas: El apoyo social externo, como el de amigos, vecinos y comunidades, influye en la funcionalidad familiar. Smith et al. (2019) indican que las familias con redes de apoyo sólidas enfrentan mejor los desafíos económicos y emocionales. La importancia de programas comunitarios y servicios sociales para fortalecer a las familias en situaciones vulnerables.
Contexto socioeconómico: El nivel socioeconómico afecta directamente la funcionalidad familiar. Pérez y López (2019) señalan que las familias en situación de pobreza enfrentan mayores dificultades para satisfacer necesidades básicas, lo que genera estrés y conflictos. Se entiende que el acceso a recursos educativos y de salud mejora la calidad de vida familiar.
Estabilidad económica: Las dificultades financieras no solo afectan las necesidades básicas, sino que suelen desencadenar tensiones, discusiones y estados de ánimo negativos dentro del hogar. López et al. (2022) señalan que las familias que cuentan con recursos adecuados tienden a ser más resiliente frente a las crisis y a mostrar una mayor capacidad para adaptarse a los cambios. En este sentido, se infiere que la economía no solo cumple una función práctica en el hogar, sino también emocional. La seguridad económica reduce el estrés y crea condiciones más favorables para el diálogo, la planificación y el apoyo mutuo, fortaleciendo así la funcionalidad del sistema familiar.
Estilos de crianza: Los estilos de crianza influyen en la dinámica familiar. Una crianza autoritativa, que combina firmeza con afecto, promueve un ambiente familiar funcional. Morales (2021) señala que los estilos permisivos o autoritarios pueden generar desequilibrios, afectando la conducta de los hijos y la armonía familiar.
Presencia de conflictos y manejo de crisis: La forma en que las familias manejan los conflictos y las crisis determina su funcionalidad. Rodríguez y García (2022) destacan que las familias que abordan los problemas con diálogo y estrategias de resolución de conflictos mantienen un mejor equilibrio emocional. Thompson y White (2019) señalan que la incapacidad para gestionar crisis puede llevar a la disfunción familiar.
Salud mental de los miembros: La salud mental de los padres e hijos es un factor crucial. Díaz y Castro (2021) indican que problemas como la depresión o la ansiedad en los padres pueden afectar negativamente el ambiente familiar. Lee (2022) resalta la importancia de buscar ayuda profesional para abordar estas situaciones y garantizar un entorno familiar saludable.
Factores psicosociales: desempeñan un rol fundamental. El acceso a redes de apoyo como amigos cercanos, vecinos, grupos comunitarios o profesionales actúa como un amortiguador emocional en momentos de dificultad. Estas redes fortalecen las relaciones internas de la familia y aumentan su capacidad de afrontamiento.
Esto permite inferir que una familia no necesariamente tiene que resolver todo por sí sola. El respaldo de personas externas, cuando es positivo y constante, contribuye a que los integrantes se sientan acompañados, menos aislados y con mayores herramientas para enfrentar problemas. Así, la funcionalidad familiar se ve ampliada por los vínculos que mantiene con su entorno social.
Cultura y valores familiares: Los valores y principios culturales influyen en la funcionalidad familiar. Hernández (2020) señala que las familias con valores claros y compartidos tienden a ser más cohesionadas. Robles (2022) destaca que el respeto a la diversidad cultural y la adaptación a los cambios generacionales son clave para mantener la armonía. Las creencias culturales y los valores compartidos conforman el marco que orienta las decisiones familiares y la forma en que se enfrentan los momentos difíciles.
Se entiende que las familias que comparten principios sólidos, tradiciones o rituales comunes muestran mayor cohesión y flexibilidad para adaptarse. En ese orden, tener una identidad familiar clara, basada en valores compartidos, actúa como un ancla emocional en tiempos de incertidumbre. Las creencias comunes ofrecen sentido, dirección y pertenencia, fortaleciendo los lazos internos y la capacidad de enfrentar juntos las adversidades.
Tecnología y uso de medios: el uso de la tecnología y los medios en el hogar también influye en la funcionalidad familiar. El uso excesivo de dispositivos electrónicos puede generar aislamiento y reducir la interacción familiar. Martínez y González (2021) sugieren establecer límites en el uso de tecnología para fomentar la comunicación y el tiempo en familia.
Como puede observarse, la funcionalidad familiar no es un concepto estático ni uniforme. Al contrario, está influenciada por múltiples factores que, al interactuar entre sí, pueden fortalecer o debilitar el equilibrio emocional dentro del hogar. Este equilibrio depende tanto de lo que ocurre dentro de la familia como de las condiciones sociales, económicas y culturales que la rodean. Así, el modo en que se comunican, se cuidan, se organizan y enfrentan los desafíos cotidianos, dice mucho sobre el grado de funcionalidad del sistema familiar.
2.2.6 Conflictos intergeneracionales.
Los conflictos intergeneracionales han sido objeto de estudio en las últimas décadas, dado el creciente interés en comprender las dinámicas entre generaciones en un contexto de rápidos cambios sociales, tecnológicos y culturales. La teoría del conflicto intergeneracional se nutre de diversas perspectivas teóricas, como la teoría de la socialización, la teoría del ciclo vital y la teoría del intercambio social, que explican las tensiones derivadas de diferencias en valores, expectativas y estilos de vida.
Teoría de la socialización y diferencias generacionales
Según Bengtson et al (2018), las diferencias generacionales se originan en procesos de socialización distintos, donde cada generación internaliza valores y normas particulares de su contexto histórico. Estas diferencias pueden generar conflictos, especialmente en familias donde las generaciones más jóvenes (Millennials y Generación Z) adoptan perspectivas más individualistas y globalizadas, en contraste con las generaciones mayores (Baby Boomers y Generación X), que tienden a priorizar valores tradicionales y colectivos. Este enfoque destaca cómo la socialización en entornos culturales y tecnológicos divergentes contribuye a tensiones intergeneracionales (Bengtson et al., 2018).
Teoría del ciclo vital y roles familiares. La teoría del ciclo vital, desarrollada por Elder (2018), enfatiza que los conflictos intergeneracionales surgen en momentos críticos del desarrollo familiar, como la transición de los jóvenes a la adultez o el envejecimiento de los mayores. En estas etapas, los roles familiares cambian, y las expectativas no alineadas pueden generar fricciones. Por ejemplo, los jóvenes pueden buscar mayor independencia, mientras que los mayores esperan mantener el control o recibir apoyo, lo que genera tensiones en la dinámica familiar (Elder, 2018).
Teoría del apego y la conexión emocional
Los vínculos emocionales entre generaciones están profundamente influenciados por la comunicación. Cuando los miembros de la familia se sienten emocionalmente seguros y comprendidos, las diferencias generacionales se manejan de manera constructiva. Sin embargo, en ausencia de una comunicación empática, estas diferencias pueden convertirse en fuentes de conflicto. Por ejemplo, los jóvenes pueden sentir que sus perspectivas no son valoradas, mientras que los mayores pueden percibir falta de respeto por parte de las generaciones más jóvenes (Bowlby, 2018).
Teoría del intercambio social y reciprocidad
Desde la perspectiva del intercambio social, los conflictos intergeneracionales se explican por desequilibrios en la reciprocidad entre generaciones. Fingerman et al. (2018) argumentan que las relaciones intergeneracionales están mediadas por intercambios emocionales, económicos y prácticos. Cuando estas transacciones son percibidas como desiguales, se generan conflictos. Por ejemplo, los adultos mayores pueden sentir que su cuidado no es retribuido adecuadamente, mientras que los jóvenes pueden percibir que sus esfuerzos no son valorados (Fingerman et al., 2018).
Impacto de la Tecnología y Cambios Culturales
La rápida evolución tecnológica y cultural ha exacerbado los conflictos intergeneracionales. Anderson y Rainie (2020) señalan que las diferencias en el uso y comprensión de la tecnología crean brechas entre generaciones, mientras que cambios culturales, como la redefinición de roles de género y la mayor aceptación de la diversidad, generan tensiones en familias con valores conservadores. Esto resalta la importancia de considerar el contexto sociocultural actual al analizar estos conflictos (Anderson y Rainie, 2020)
2.3 Conductas desadaptadas
Las conductas desadaptadas son patrones de comportamiento que interfieren significativamente en el funcionamiento social, emocional y académico de los individuos, dificultando su adaptación a los contextos en los que se desenvuelven. Según Kazdin (2020), estas conductas se caracterizan por ser persistentes y disruptivas, generando conflictos tanto en el ámbito familiar como escolar.Las conductas desadaptadas son aquellas conductas que limitan el desempeño de la persona en los distintos contextos participativos, siendo la misma conducta, lo que define si esto es adaptativa o desadaptativa, tiene que ver con el contexto donde se emite y lo esperado para ese ámbito. Además, Barkley (2021) enfatiza que las conductas desadaptadas se manifiestan principalmente en etapas de la infancia y adolescencia, siendo más frecuentes en contextos escolares donde los jóvenes enfrentan exigencias sociales y académicas.
Por otro lado, Linehan (2020) destaca que la falta de regulación emocional y la impulsividad son factores clave que contribuyen al desarrollo de estas conductas, lo que dificulta la interacción social efectiva. Esto significa, que los autores llaman a reflexionar sobre algo fundamental, que una conducta no es desadaptada por sí sola, sino por el lugar, el momento y la forma en que ocurre. Lo que puede ser aceptable o incluso útil en un contexto, puede resultar inadecuado o problemático en otro. Por ejemplo, una reacción impulsiva puede ser entendida como valentía en una situación de peligro, pero vista como falta de control en un entorno escolar o laboral.
Desde una perspectiva biológica, Rutter (2020) señala que alteraciones en el desarrollo neurológico, como el TDAH, están directamente relacionadas con conductas desadaptadas, lo que subraya la importancia de considerar aspectos orgánicos en su estudio. Asimismo, Bronfenbrenner (2020) propone un enfoque ecológico, donde factores ambientales como la familia, la escuela y la comunidad influyen en la aparición y mantenimiento de estas conductas, destacando la interdependencia de los sistemas sociales.
Para Martínez (2022), las conductas desadaptadas no solo afectan al individuo, sino que también tienen un impacto negativo en su entorno, generando un círculo vicioso de inadaptación y conflicto. En este sentido, García (2021) destaca la importancia de una intervención temprana para prevenir el agravamiento de estas conductas, ya que pueden derivar en problemas más graves como el abandono escolar o la delincuencia.mi. Esta mirada ayuda a comprender que no se trata de etiquetar a las personas por sus comportamientos, sino de analizar el entorno, las expectativas sociales y la intención detrás de la acción. En ese sentido, identificar una conducta como desadaptada implica reconocer que está interfiriendo en el bienestar de la persona o su capacidad de relacionarse con los demás, y que necesita ser comprendida, no castigada.
Por su parte, Hernández y Pérez (2020) sugieren que la evaluación multidimensional es esencial para comprender las causas subyacentes de estas conductas, incorporando aspectos biológicos, psicológicos y sociales en el análisis. Por último, Torres (2022) resalta que el abordaje de las conductas desadaptadas requiere un enfoque interdisciplinario, donde psicólogos, educadores y trabajadores sociales colaboren para diseñar estrategias efectivas. En resumen, las conductas desadaptadas son un fenómeno complejo que requiere una comprensión integral y la implementación de intervenciones adecuadas para mejorar la calidad de vida de los afectados y su entorno.
2.3.1 Relación del entorno familiar en el desarrollo conductual
Sin dudas, la influencia de lo que rodea la persona es determinante para el comportamiento humano, es así que, hay que estar vigilante sobre las características del contexto para entender la realidad, lo mismo ocurre con la familia. Barcia et al. (2023) afirman que “el estado emocional de los niños se ve influenciado por aspectos importantes, como la inherencia de la familia como la base principal del desarrollo del individuo” (p. 470).
Desde esta perspectiva, se puede entender que el núcleo familiar no es solo un lugar de convivencia, sino el punto de partida desde donde los niños construyen su mundo emocional. Si en casa encuentran seguridad, afecto y orientación, es mucho más probable que desarrollen estabilidad emocional. Por el contrario, si ese espacio está marcado por tensiones o carencias afectivas, las huellas se reflejarán en su comportamiento y bienestar emocional en otros ámbitos como la escuela o el grupo de pares.
El estudio de García et al. (2020), realizado con adolescentes en Medellín, evidenció que un ambiente familiar marcado por el retiro afectivo y el rechazo parental especialmente ejercido por las madres está asociado a un aumento significativo de conductas agresivas y transgresoras de normas. Esto quiere decir que los adolescentes no se sienten valorados ni aceptados dentro de su hogar, tienden a buscar formas de expresar su malestar a través de comportamientos agresivos o desafiantes. La ausencia de afecto no solo genera distancia emocional, sino que también puede convertirse en una fuente de frustración interna que se manifiesta hacia el exterior. En este sentido, el afecto parental no es un lujo emocional, sino una necesidad básica para la estabilidad conductual en esta etapa tan sensible.
Una revisión latinoamericana realizada por Medellín (2021), que abarca estudios entre 2017 y 2021, destaca que la cohesión familiar y una buena comunicación actúan como factores protectores que favorecen el desarrollo de la autonomía, la personalidad y la resiliencia conductual en adolescentes. El autor concluye que un entorno familiar abierto al diálogo y al apoyo emocional fortalece la capacidad de los jóvenes para autorregularse y enfrentar desafíos sociales.
Este enfoque permite inferir que la presencia de relaciones cercanas y comunicativas dentro del hogar se traduce en adolescentes más seguros, empáticos y emocionalmente fuertes. Cuando el diálogo fluye y el apoyo es constante, los jóvenes desarrollan mejores herramientas para manejar el estrés, resolver conflictos y tomar decisiones. En cambio, en contextos familiares rígidos o poco expresivos, esas habilidades tienden a debilitarse, exponiéndolos a mayores riesgos conductuales y emocionales.
2.3.2 Características de las conductas desadaptadas en estudiantes de secundaria
Las conductas desadaptadas en adolescentes son comportamientos que se desvían de las normas sociales y afectan el desarrollo personal, académico y social del individuo. Estas conductas incluyen agresividad, bajo rendimiento académico, problemas de socialización, desobediencia y consumo de sustancias, los cuales si son presentadas en el centro pueden llevarlo a que se les realice reportes disciplinarios. A continuación, se presentan dichas características:
Agresividad: La agresividad en adolescentes se caracteriza por comportamientos hostiles y destructivos, que pueden ser físicos, verbales o relacionales. Según Smith et al. (2019), la agresividad está vinculada a la exposición a violencia doméstica, pobre regulación emocional y falta de habilidades de resolución de conflictos. Jones y Brown (2020) añaden que el acoso escolar y la exclusión social son factores que exacerban este comportamiento.
Bajo rendimiento académico: se asocia con falta de motivación, dificultades de aprendizaje y ausentismo escolar. García y López (2019) señalan que la falta de apoyo familiar y la baja autoestima son determinantes clave. Martínez et al. (2021) enfatizan que la desigualdad socioeconómica y las expectativas negativas de los docentes también contribuyen a este problema.
Problemas de socialización: incluyen dificultades para establecer relaciones interpersonales saludables y adaptarse a contextos grupales. Hernández y Pérez (2020) destacan que la timidez excesiva, el aislamiento social y el rechazo por parte de los compañeros son factores relevantes. Lee (2021) sugiere que el uso excesivo de redes sociales y la falta de habilidades comunicativas también influyen.
Desobediencia: se manifiesta como resistencia a seguir normas y autoridad. Thompson y White (2019) atribuyen este comportamiento a la falta de límites claros en el hogar y a la inconsistencia en la disciplina. Robinson (2020) señala que la desobediencia suele ser una respuesta a la percepción de injusticia o falta de empatía por parte de los adultos.
Consumo de sustancias: el consumo de sustancias en adolescentes está relacionado con factores como la presión de grupo, la curiosidad y la búsqueda de evasión. Wilson et al. (2019) indican que el acceso fácil a drogas y alcohol, así como la exposición a modelos adultos consumidores, son factores de riesgo. Morales (2022) añade que la falta de supervisión parental y la ausencia de actividades recreativas saludables también contribuyen.
Reportes disciplinarios: son indicadores de conductas que violan las normas escolares. Gómez y Torres (2021) señalan que estos reportes están asociados con la falta de compromiso escolar y la impunidad percibida. Kim (2022) resalta la importancia de la justicia restaurativa en lugar de castigos punitivos para abordar estos casos.
2.3.3 Impacto de la disfunción familiar en la conducta escolar
La disfunción familiar no solo afecta el clima emocional del hogar, sino que también deja huellas profundas en el desarrollo cognitivo y conductual de los niños. Cuando el entorno familiar está marcado por tensiones constantes, falta de comunicación o vínculos debilitados, los niños pueden experimentar dificultades para regular sus emociones, mantener la atención y comportarse de manera adecuada en el entorno escolar.
En una investigación realizada por Camacho et al. (2022) se describe que los ambientes familiares conflictivos aumentan significativamente las dificultades de aprendizaje y favorecen comportamientos desadaptativos en el aula. Desde esta mirada, se puede inferir que el hogar actúa como una especie de termómetro emocional para el niño: cuando hay calma, afecto y estructura, el niño tiene más posibilidades de concentrarse, aprender y relacionarse de forma saludable. Pero cuando en casa predominan el estrés, la indiferencia o el conflicto, es natural que esas tensiones se reflejen en la escuela, afectando su rendimiento académico.
Por tanto, no se trata solo de enseñar mejor en el aula, sino de comprender que muchas veces el problema no nace ahí, sino que se arrastra desde casa. En otro estudio desarrollado por Núñez y Buitrón (2024) hallaron una correlación fuerte (r = 0.849) entre la baja funcionalidad familiar y el bajo rendimiento escolar en estudiantes de entre nueve y diez años. Los datos evidenciaron que aquellos niños que pertenecían a familias con mayor cohesión y estabilidad emocional obtenían mejores calificaciones y mostraban una adaptación escolar más sólida.
Estos resultados refuerzan la idea de que la familia es una base formativa tanto emocional como académica. Cuando hay cohesión familiar, el niño percibe seguridad, sentido de pertenencia y motivación. Esto le da confianza para asumir retos, mantenerse concentrado y responder con responsabilidad a sus deberes escolares. En cambio, cuando la estructura familiar es inestable, los recursos emocionales del niño se ven comprometidos, y su energía se dirige más a sobrevivir emocionalmente que a aprender. Así, la escuela no puede ser vista de forma aislada del contexto familiar.
En contextos de mayor exigencia el impacto de una familia disfuncional sigue presente y puede incluso acentuarse. Un estudio llevado a cabo durante la pandemia por Bravo Salinas et al. (2021) reveló que el 42,9 % de los estudiantes que reportaron disfunción familiar obtuvieron bajo rendimiento académico. El estudio concluyó que las tensiones intrafamiliares sostenidas duplicaban el riesgo de fracaso académico en esta población.
Se entiende que la disfunción familiar no desaparece con la edad: más bien, se arrastra y se vuelve más compleja en escenarios que exigen autonomía, estabilidad emocional y autorregulación. Durante la pandemia, cuando muchos jóvenes volvieron a convivir intensamente con sus familias, afloraron las tensiones no resueltas, afectando su capacidad de concentración, motivación y desempeño académico. Esto sugiere que la salud emocional familiar sigue siendo un factor protector o de riesgo incluso en las etapas más avanzadas del ciclo educativo.
2.3.3 Factores que influyen en las conductas desadaptadas de los estudiantes de secundaria
Las conductas desadaptadas en estudiantes de secundaria son un fenómeno creciente, influenciado por una variedad de factores que van desde el entorno socioeconómico hasta las dinámicas familiares y escolares. Según Pérez (2019), la pobreza y la desigualdad son factores críticos que limitan el acceso a recursos educativos y fomentan la deserción escolar, lo que aumenta la probabilidad de conductas desadaptadas en los jóvenes.
Además, Cabral (2020) señala que la exposición a entornos violentos y el hacinamiento familiar son circunstancias comunes en el país que contribuyen al desarrollo de conductas disruptivas. En este sentido, Santana (2021) resalta que la falta de supervisión parental y la presencia de conflictos familiares son elementos determinantes en la aparición de problemas conductuales, ya que los jóvenes carecen de modelos positivos en sus hogares.
Por otro lado, la ausencia de comunicación efectiva entre padres e hijos agrava estos problemas, generando sentimientos de abandono y frustración en los adolescentes. Desde el ámbito escolar, Martínez (2019) afirma que la falta de apoyo emocional y académico en las escuelas es un factor significativo que influye en la aparición de conductas desadaptadas.
La falta de capacitación docente para manejar estas conductas es un obstáculo importante, ya que los maestros no cuentan con las herramientas necesarias para abordarlas de manera efectiva. Asimismo, Torres (2021) destaca que la violencia intrafamiliar y el abuso de sustancias entre los jóvenes son problemas crecientes en el país que están estrechamente relacionados con conductas desadaptadas.En este sentido, Hernández (2022) señala que el acoso escolar o bullying es un factor recurrente en las escuelas dominicanas que fomenta la aparición de conductas disruptivas entre los estudiantes. En cuanto al entorno comunitario, Ramírez (2021) menciona que la falta de oportunidades recreativas y educativas en los barrios marginales contribuye al desinterés escolar y al desarrollo de conductas desadaptadas.
Por último, se considera que la implementación de políticas públicas integrales es esencial para abordar estos factores, promoviendo entornos familiares, escolares y comunitarios más saludables. En conclusión, las conductas desadaptadas en los estudiantes de secundaria de República Dominicana son el resultado de una compleja interacción de factores, requiriendo un enfoque multisectorial para su prevención y tratamiento.
2.3.4 Estrategias de crianza saludable que pueden subsanar
las conductas desadaptadas de los estudiantes de secundaria
Las estrategias de crianza saludable son fundamentales para prevenir y abordar las conductas desadaptadas en adolescentes. Estas se consideran enfoques y prácticas que los padres y educadores pueden utilizar para fomentar un desarrollo emocional, social y cognitivo adecuado en los niños y adolescentes, reduciendo o previniendo la aparición de conductas desadaptadas. Estas estrategias se basan en principios de comunicación efectiva, establecimiento de límites claros, apoyo emocional y promoción de habilidades sociales. A continuación, se describen las principales estrategias de crianza saludable para subsanar conductas desadaptadas:
Crianza positiva: se basa en el establecimiento de límites claros, el refuerzo positivo y la comunicación abierta. Rodríguez et al. (2019) destacan que este enfoque fomenta la autoestima y la autorregulación en los adolescentes. La empatía y el apoyo emocional reducen la agresividad y la desobediencia.
Establecimiento de límites claros y consistentes: definir normas y expectativas: Los niños necesitan saber qué comportamientos son aceptables y cuáles no. Esto se logra mediante reglas claras y consistentes que se aplican de manera equitativa. Al establecer consecuencias para las conductas desadaptadas, estas deben ser proporcionales y directamente relacionadas con la acción. Por ejemplo, si un adolescente no cumple con sus tareas, la consecuencia podría ser limitar el tiempo de ocio hasta que las complete.
Promoción de empatía: la enseñanza de habilidades sociales incluye trabajar en la empatía, la cooperación, la resolución de conflictos y la asertividad. En este sentido, la regulación emocional ayuda a los niños a manejar emociones intensas como la ira, la frustración o la tristeza mediante técnicas como la respiración profunda o la pausa reflexiva. Permitir que los niños tomen decisiones adecuadas a su edad y asuman responsabilidades promueve su independencia y confianza.
Monitoreo parental: implica supervisar las actividades, amistades y horarios de los adolescentes. López et al. (2021) señalan que un monitoreo adecuado previene el consumo de sustancias y la participación en conductas de riesgo. Es por ello, que se recomienda establecer reglas claras y mantener una comunicación constante.
Educación en habilidades sociales: enseñar habilidades sociales y de resolución de conflictos es crucial para mejorar la socialización. Pérez y López (2020) sugieren que los programas escolares que fomentan la cooperación y la empatía reducen los problemas de socialización. Martínez (2021) afirma que estas habilidades también mejoran el rendimiento académico y reducen los reportes disciplinarios.
Apoyo académico y motivación: proporcionar apoyo académico y fomentar la motivación son claves para mejorar el rendimiento. Hernández et al. (2019) recomiendan establecer rutinas de estudio, reconocer los logros y ofrecer tutorías. Razón por la cual se enfatiza la importancia de involucrar a los padres en el proceso educativo. Los niños necesitan sentirse amados y aceptados, independientemente de sus errores o conductas desadaptadas.
Para ello es importante la creación de un ambiente seguro, un entorno familiar estable y afectivo reduce el estrés y la ansiedad, factores que pueden contribuir a conductas disruptivas. Es importante resaltar que se debe brindar una atención especial a las señales de alerta, estar atento a cambios repentinos en el comportamiento, como agresividad, aislamiento o bajo rendimiento escolar, permite intervenir de manera temprana.
Promoción de estilos de vida saludables: fomentar actividades físicas, recreativas y culturales previene el consumo de sustancias y mejora la salud mental. Díaz y Castro (2021) destacan que las escuelas deben ofrecer programas extracurriculares atractivos. Además, se sugiere que los padres deben participar en actividades conjuntas con sus hijos.
Enfoque restaurativo en la disciplina: la disciplina restaurativa busca reparar el daño causado y reintegrar al adolescente en lugar de castigar. Gómez y Torres (2021) argumentan que este enfoque reduce los reportes disciplinarios y fomenta la responsabilidad. Por lo que se recomienda la capacitación para docentes y padres en este modelo.
Se considera que las estrategias de crianza saludable son herramientas esenciales para subsanar y prevenir las conductas desadaptadas en niños y adolescentes. Estas prácticas no solo contribuyen a un desarrollo emocional y social equilibrado, sino que también fortalecen los vínculos familiares y promueven un ambiente positivo tanto en el hogar como en la escuela. Implementar estas estrategias de manera consistente y adaptada a las necesidades individuales de cada niño es clave para obtener resultados efectivos y duraderos.
2.3.5 Modelo de intervención en estudiantes con conductas desadaptadas
Los modelos de intervención y evaluación en estudiantes con conductas desadaptadas han evolucionado significativamente, incorporando enfoques integrales y multidisciplinarios para abordar este fenómeno complejo. Según Kazdin (2020), las intervenciones deben basarse en un análisis exhaustivo de las causas subyacentes de las conductas, considerando factores biológicos, psicológicos y sociales.
Además, se considera la importancia que tiene la terapia cognitivo-conductual (TCC) la cual es una herramienta efectiva para mejorar la regulación emocional y reducir la impulsividad en jóvenes con conductas disruptivas. Desde una perspectiva sistémica, Bronfenbrenner (2020) propone que las intervenciones deben involucrar a la familia, la escuela y la comunidad, ya que estos sistemas están interconectados y ejercen una influencia significativa en el comportamiento de los jóvenes.
Para Linehan (2020), las estrategias de intervención deben incluir el desarrollo de habilidades socioemocionales, como la empatía, la comunicación asertiva y la resolución de conflictos, para fomentar la adaptación social. En cuanto a la evaluación, sugiere el uso de herramientas multidimensionales que permitan una comprensión profunda de los factores biopsicosociales que influyen en las conductas desadaptadas, como cuestionarios, observaciones sistemáticas y entrevistas.Por su parte, Martínez (2022) menciona que la implementación de programas de habilidades sociales en las escuelas es una estrategia efectiva para prevenir y reducir las conductas disruptivas, promoviendo un ambiente escolar más positivo. Asimismo, se resalta la importancia de la capacitación docente para identificar y manejar estas conductas, ya que los maestros juegan un papel clave en la detección temprana de problemas conductuales.
Por otro lado, las intervenciones deben adaptarse a las necesidades individuales de cada estudiante, utilizando técnicas personalizadas que consideren su historial y contexto social. Además, Torres (2022) propone un enfoque interdisciplinario donde psicólogos, educadores y trabajadores sociales colaboren para diseñar estrategias integrales que aborden todos los aspectos del problema. Los modelos de intervención y evaluación en estudiantes con conductas desadaptadas requieren un enfoque integral, multidisciplinario y adaptado a las necesidades individuales, promoviendo el bienestar y la adaptación social de los jóvenes.
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